EL SIGUIENTE TEXTO CORRESPONDE A LA TRADUCCIÓN HECHA DEL CAPÍTULO DEDICADO A REQUÍNOA DESDE EL ORIGINAL EN ITALIANO “PICCOLO MONDO GIUSEPPINO IN CILE”, ESCRITO EN 1961 POR EL PADRE EDILIO NEYRONE. (1)

REQUÍNOA

I
UBICACIÓN GEOGRÁFICA DE LA CIUDAD DE REQUINOA
A cien kilómetros al sur de Santiago de Chile, entre la línea férrea y la carretera Panamericana, se ubica, silencioso y modesto, el pueblo de Requínoa, cuyo nombre oficial es Villa de Requínoa, concedido por el Supremo Gobierno chileno el 26 de noviembre del año 1898. He dicho modesto porque sus casas, casi todas de un solo piso, desaparecen entre los muchos árboles que lo circundan y no es fácil suponer que, bajo sus verdes ramas, vivan los dos mil habitantes que constituyen la población de Requínoa dedicada al comercio y a las labores de la tierra.
Aquello que en vez hace pensar en un pueblo de notable importancia, especialmente para quien llega a través de los muchos caminos que llegan desde Santiago, dirigidos al sur, está la mole imponente de la Iglesia Parroquial que, sirviéndose de la sombra de los pinos, álamos y eucaliptos, se destaca sensiblemente de cuanto le circunda con la apariencia de contemplar dignamente y con una mirada de defensa y protección, las viviendas de los fieles que se agrupan confiados en torno a ella.
Quien, en vez, viene del occidente es decir del camino de El Abra, sector a casi cuatro kilómetros de Requínoa. observa admirado el pintoresco escenario de la misma iglesia coronada por el marco gigante y majestuoso de la formidable cordillera de Los Andes, donde las nieves son eternas. ¿Cómo no pensar en uno de aquellos cuadros en los cuales el pintor ha expuesto magistralmente el arte de las obras del hombre con aquellas de la naturaleza creadas por las manos de Dios?
Un monolito levantado por el Club de Leones en el cruce del camino El Abra con la ruta Panamericana, da alegremente la bienvenida al forastero y lo invita a ingresar al pueblo a través de una doble fila de árboles esbeltos y sombríos, introduciéndole así, con garbo y desenvoltura, en el hábitat.
Requínoa es palabra indígena  (2). Algunos estudiosos de la lengua “mapuche”, hablada por los indígenas han intentado, con encomiable acrobacia, explicarme el significado. Esto, naturalmente, no se consiguió, y aunque no posee todos los requisitos etimológicos, puede hasta cierto punto, satisfacer a quien no sea excepcionalmente pretencioso y no se quede demasiado en sutilezas.
“Quinoa” o “quingua” es una planta de los valles que se asemeja mucho al mijo al menos en la forma y en las proporciones, si no en lo sustantivo. De ella monjes inteligentes y laboriosos se valieron para destilar un licor. El prefijo “re” como en muchas lenguas tiene valor reforzativo y en el caso específico denota la excelencia de esta planta considerándola como algo excepcionalmente bueno, en su especie, entiéndase bien; molesta eso sí tener que decir que dicho prefijo no tiene nada que ver con la lengua indígena que cuando quiere marcar con énfasis e indicar abundancia y excelencia prefiere repetir la palabra. Valgan los siguientes ejemplos: “Bío” en mapuche significa agua. Para indicar gran cantidad de agua ellos dicen “bío-bío” palabras que constituyen el nombre del mayor río de Chile, con un estuario de dos kilómetros de ancho, en las cercanías de Concepción. “Llay” quiere decir viento, por tanto “Llay-llay, mucho viento. Y es este el nombre de un ventoso pueblo entre Santiago y Valparaíso.
No es mi propósito resolver la etimología de “Requínoa”. Hay eso sí una cosa cierta, esta es, que el pueblo, situado más o menos a igual distancia de la Cordillera de Los Andes y de las primeras agradables colinas que se divisan entre los valles y llanuras hacia la Cordillera de la Costa, goza de un clima incomparable y de una espléndida fertilidad del suelo, quizás porque una parte de la zona haya sido por mucho tiempo, incluso milenios, lecho del río Cachapoal, río loco que no volvió sobre sus viejos pasos, sino después de haber dejado a través de todo su funesto paso, una enorme cantidad de piedras. Hoy, eso sí, mediante sabias canalizaciones toda la tierra de Requínoa goza del beneficio de sus aguas, que le entrega sus cualidades y es la vida de decenas y decenas de “fundos” los cuales cerca del Cachapoal le deben su riqueza.
No creo que esté de más, aquí, alabar el cuidadoso cultivo de extensísimas viñas alrededor de Requínoa y hablar bien de sus vinos muy apreciados en los mercados nacionales y extranjeros.

II
TRAZOS HISTÓRICOS
El suelo sobre el cual ha sido edificado el pueblo de Requínoa es de 1181 há. urbanas. Los primeros conquistadores de Chile- el primero entre ellos Pedro de Valdivia- regalaron muchas tierras a los padres Jesuitas, que a través del tiempo y de las circunstancias, pasó luego a ser propiedad de los Padres Dominicos.
Generosas donaciones de este tipo no deben provocar extrañeza si se tiene en cuenta el particular periodo en el que sucedieron; más que el beneficiado deba agradecer al donante, debía el donante agradecer al beneficiado. No había mano de obra en esos remotos tiempos de conquista y, si no hubiesen sido por las Congregaciones religiosas que prepararon grandes trozos de terreno y los fertilizaron, se habría tenido el triste espectáculo de inmensas extensiones perfectamente improductivas.
Los indígenas, empujados progresivamente hacia el sur, abandonaron sus primitivas culturas y los soldados- como era notorio- no sintieron nunca mucha inclinación por el trabajo. Así la tierra, privada de lluvias y de irrigación artificial, ponía a bien dura prueba la voluntad y los músculos de los habitantes. Quedan así plenamente explicadas y en el caso, justificadas, las grandes concesiones de tierra a quien mostraba interés en cultivarlas.
Con los años dichas concesiones comenzaron a fraccionarse pasando por un número de manos siempre mayor en directa proporción con el aumento de la población. Actualmente los Padres Jesuitas, de toda aquella tierra no tienen nada. Permanece en vez la piedad del buen pueblo que de ellos ha recibido y mantenido inalterado el don de la fe que Dios les ha concedido por medio de su trabajo abnegado, profundo y entusiasta. También aquí, como en todas las conquistas de la espada, la Cruz la ha seguido para endulzar, curar heridas, secar lágrimas, suplir injusticias y en fin valorizar la conquista en su más alto significado que es aquel de llevar el Evangelio a los pueblos.
Otras concesiones fueron hechas incluso por el mismo Pedro de Valdivia a uno de sus oficiales portabanderas llamado Pedro Miranda. Años después una de sus nietas, Luisa Miranda, aumentó la concesión con tierras en Gultro, Rosario y Popeta hasta el río Claro. Dos siglos más tarde, es decir hacia la mitad del 1700, las tierras pasaron a propiedad de Francisco Valdivieso. Una inmensa extensión de tierra venía así a unirse en las manos de un solo señor y abarcaba toda el área que, grosso modo, se desarrolla por el sector que corre entre las dos cordilleras de un lado, y del Cachapoal al Río Blanco del otro.
A la muerte de Francisco Valdivieso hubo las primeras divisiones y subdivisiones. Actualmente permanece en propiedad de un descendiente de Valdivieso sólo el fundo Retiro, al norte de Rosario.
Como hemos tenido ocasión de decir anteriormente, la población del pueblo de Requínoa, no supera los dos mil habitantes, pero teniendo en cuenta los numerosos fundos que pertenecen a Requínoa, su población es un poco inferior a diez mil habitantes. No creemos exagerar si afirmamos que el pueblo es uno de aquellos que goza de mayores comodidades: todas sus calles y veredas son de cemento: posee una sucursal del Banco del Estado de Chile, teléfono privado con todos los fundos además del servicio telefónico del país propiamente tal; una abnegada compañía de Bomberos; un impecable servicio de la Cruz Roja con un número de cincuenta socios; dos Congregaciones religiosas, una de Hermanas y otra de Padres, ambas dedicadas a la educación de la juventud; además una de las más activas panaderías de la zona con maquinaria modernísima y una producción de cerca de 90 quintales de pan diario. Una alegre plaza, plaza se llama, pero prácticamente es un lindo jardín con oportunas bancas alrededor que invita a los buenos requinoanos a pasar algún momento fuera de casa, donde intercambiar impresiones del día: los hombres hablando de trabajos, de partidos, de política y los jóvenes metiéndose en entretenidas discusiones de índole deportiva.

III
MONUMENTOS
El habitante de Requínoa ha permanecido fiel a sus principios. Desarrollándose entre los paralelos de la carretera y de la ferrovía, continuó en la misma dirección, hacia el norte y hacia el sur. Por tanto Requínoa es un pueblo eminentemente longitudinal, bello, ordenado, digno, pero, en perfecta contradicción con el título de este capítulo, no posee monumentos. Quiero decir que no posee monumentos de piedra o de bronce y ello no obstante, se debe reconocer que tiene algunas cosas que serán “aere perennius”.  (n. del t.: más duradero que el bronce)
Con el fin de ser completo debo admitir que existe un tipo de monumento que podría ser, desde el punto de vista patriótico, motivo de orgullo. En el fundo de don Hermógenes De la Cerda, encontraremos este nombre más tarde, porque está estrechamente unido con aquel de nuestra Congregación, hay una antigua casa señorial que, habiendo perdido su primitivo esplendor, se ha mantenido aún en bastante buen estado, las primitivas líneas arquitectónicas las que, naturalmente, nos hablan de tiempos y de gustos que sólo la historia registra.
Aquí pernoctó proveniente del sur el General Bernardo O’Higgins, con su estado mayor, en 1810, antes de dar inicio a aquel grupo de heroicas acciones que serían concluidas triunfalmente con la decisiva batalla de Maipú, abriendo de tal modo, una nueva era en los destinos de un pueblo finalmente libre.
La atención no está puesta en esto, sino en las dos escuelas, masculina la una y femenina la otra, las cuales, aunque no llevando aquella etiqueta impactante que golpea a primera vista, no sólo tienen el valor que se atribuye a los actos cívicos, a obras magnánimas y a gestos generosos, sino que ofrecen y siguen ofreciendo a las actuales generaciones y a las de mañana aquellos beneficios morales y espirituales que, en la escala de valores humanos, ocupan el puesto de honor.
La primera escuela, la masculina, primera en orden cronológico, debe sus inicios a la familia González Echeñique y precisamente a Don Joaquín padre que la hace erigir en recuerdo de su santa madre difunta. Una placa de bronce, fijada en el atrio de la misma escuela dice: LOS PADRES JOSEFINOS AGRADECIDOS A LA FAMILIA GONZÁLEZ ECHEÑIQUE QUE EN MEMORIA DE LA SEÑORA JOSEFINA ECHEÑIQUE GONZÁLEZ DIO EL PRIMER Y PRINCIPAL IMPULSO A LA FUNDACIÓN DE ESTA ESCUELA APOSTÓLICA Y LICEO. 10 DE MARZO DE 1950.
La segunda escuela, aquella femenina, se debe a otro insigne benefactor, Don Domingo Saavedra Carrasco, fallecido en 1959.
Don Domingo nace en Chillán y llega a Requínoa justo cuando el joven pueblo comenzaba a tomar fuerza y consistencia. Trabajó por muchos años en la Hacienda Las Cabras y de allí pasó al centro del país donde abrió una casa comercial que conquistó rápidamente singular prestigio.
Muchas son las obras que se deben a su cariño por Requínoa entre ellas la Casa de Reposo, cambiada luego por el Banco del Estado de Chile y la construcción de los  nichos en el cementerio, junto con la ampliación del camino de acceso.
En sus últimos años Don Domingo donó una casa situada en calle Comercio esquina calle Tagle, al Centro Cristiano, donde se abrió una escuela femenina dirigida por las Hermanas. La escuela fue ofrecida a las religiosas de santa Marta que la aceptaron con agrado y nosotros que somos testigos de su trabajo, de su constante abnegación, sentimos el deber de alabar la pericia con la que enseñan y admiramos, alegrándonos en el Señor, su coraje para afrontar y resolver arduos problemas. Las Hermanas trabajan hace seis años con éxitos espléndidos.
A la Rev. Madre Asunta Franceschetti (3), se debe el fuerte impulso que aún mantiene, acogiendo en sus salas de clases, las que se multiplicaron una tras otra, a cerca de cuatrocientas alumnas del pueblo y de las cercanías. Nosotros josefinos tenemos que estar agradecidos de las Reverendas hermanas de santa Marta que tan eficazmente y con singular sacrificio nos acompañan en la difícil obra de la educación de la juventud.

IV
DON ROGELIO MATÍAS PÉREZ
Don Rogelio Matías Pérez fue el primer párroco de Requínoa, mientras se pensaba en construir una iglesia, se levanta una capilla de emergencia en el terreno  de don Pablo Rubio, otro bienhechor digno de ser mencionado.
Don Rogelio fue un dignísimo y culto sacerdote español, laureado en Teología en la Universidad de Salamanca. Los escasos antiguos sobrevivientes de aquel lejano periodo de vida religiosa organizado en Requínoa, recuerdan su brillante elocuencia, manifestada en doctas prédicas, impecables en la forma y ricas de contenido: una verdadera perfección oratoria. ¿Pero cuánto podía captar la mayor parte de los vecinos que venían desde los fundos para escucharlo?
Por cierto que ante un auditorio preparado se habrían conmovido y arrancado aplausos, pero en la humilde multitud del pueblo, pasan como ondas del mar sobre los arrecifes que pueden bañarle pero no penetrarle. Justamente por ello, es más de admirar: tanta diligencia y estudio incluso sabiendo que el éxito no habría jamás coronado sus sudores. Pero el pueblo que no captaba sus prédicas entendía su corazón y por ello le estimaba.
Don Rogelio murió improvisamente en el Rincón del Abra en la casa de Don Alfredo Concha. Añadamos, aunque sea a la rápida, el hecho que a la familia Concha nuestro Patronato de santa Filomena en Santiago, debe su bella capillita. Un busto de bronce que representa al insigne benefactor de aquella obra recuerda su buena e inteligente persona que respondía al nombre de Don Juan Enrique Concha, senador de la República (4).
Se atribuye a la bondad de Don Rogelio un excepcional episodio que nos da gusto recoger en estas páginas. No he dicho vanamente bondad porque, si es verdad lo que se dice, debemos reconocer que el Señor manifestó en forma prodigiosa cuánto le solicitó el buen  párroco de Requínoa.
El día en que sus restos fueron solemnemente acompañados desde la iglesia parroquial hasta la estación ferroviaria para ser transportados a Santiago y allí sepultados en el Cementerio Católico, justo cuando el pueblo en devoto silencio seguía los restos mortales en triste cortejo, se oyeron sonar improvisamente las seis campanas de la iglesia. Era una alegre armonía en que las notas musicales mágicamente se fundían, se aislaban, mezclándose rápidamente después para quedar suspendidas y volver a confundirse en el aire que temblaba en un estupendo concierto, en una generosa profusión de sonidos que bajaban felices después de haber sido prisioneros del bronce sonoro. Era una masa de vibraciones que salían alegres desde las cuatro ventanas del campanario, fluctuando, ondulando, saltando sobre las humildes casas de Requínoa, sobre los sublimes eucaliptos, sobre las oscuras coníferas, dejando por todas partes como un polvo impalpable de música.
El inexplicable concierto de las campanas sorprendió primero y luego provocó un legítimo enojo en el sacristán, que marchaba lentamente en el cortejo junto a los otros fieles. Sorpresa porque ¿quién podría hacer sonar las campanas si sólo él tenía las llaves del campanario y la puerta estaba bien cerrada?
Molestia porque ciertamente alguno -no faltando jamás los intrusos- forzando la cerradura, hubiese creído lícito subir a la torre campanario y allí dar curso a sus sentimientos, seguro de interpretar también a aquellos del pueblo de Requínoa, haciendo sonar todas las campanas, como un último saludo oficial a Don Rogelio que se iba para siempre de aquel pueblo.
La primera reacción de Don Juan González, nombre del sacristán que actualmente vive en Santiago, fue dirigirse a su vecino y pedirle en tono que poco ocultaba una creciente irritación:

  • ¿Pero quién toca las campanas?
  • Si no lo sabes tu, le respondió el vecino tranquilo y lógico, no se quien pueda saberlo:

Juan González abandonó el cortejo con un gran deseo, sino irse a las manos, al menos dar una lección a quien se permitía hacer aquello que no le correspondía. Con esta intención fue presuroso a la puerta del campanario, la cuál encontró cerrada; entretanto las campanas seguían sonando con el mismo ritmo y con la misma energía, en una incesante lluvia de notas.
Juan abrió la puerta, subió al campanario, llegó sin aliento a la sala de las campanas, ¡pero no vio a nadie! ¡Simplemente las campanas sonaban solas!
Hablar y describir el estado de ánimo de Juan González en esos momentos no es posible. Más que descender se precipitó por las gradas de una forma infinitamente más rápida que aquellas como había subido. Es verdad que nadie puede afirmar de haber visto todos sus pelos parados en su cabeza, pero lo que sí es cierto, por poco que se conozca la naturaleza humana, es que nadie lo puede negar. Dos cosas, de todos modos, son ciertas: que el corazón le latía como jamás le había latido en el pecho y que desde aquel día no quiso subir más al campanario y cuando después de algunos meses debió ceder ante la insistencia, lo hizo pero siempre prudentemente acompañado.
Nosotros no daremos a este episodio, del cual a su tiempo hablaron los diarios, mayor fe que sus propios méritos; diremos eso sí que ello sirvió para aumentar la estima, el aprecio, la veneración en sus corazones de los habitantes de Requínoa hacia su buen párroco cuyos restos el tren se llevaba lejos.

V
LA IGLESIA PARROQUIAL Y SUS PRIMEROS PÁRROCOS
 Así como a Don Pablo Rubio se deben las 10 hectáreas de terreno donadas a la Parroquia, así a Don Rogelio y a una “junta de vecinos” se debe la construcción de la Iglesia. Recordando que el terreno fue regalado, se entiende el que se haya construido en los márgenes del pueblo y que necesidades contingentes hayan obligado al arquitecto a edificarla, diríamos, de espaldas a lo habitado.
Da gusto recordar los nombres de aquellos que formaron la así llamada “junta de vecinos”. Estos son los principales: Don Hermógenes De La Cerda; Don Luis Lecaros Vicuña; Don Pablo Rubio y su hijo Alejandro; Don Rafael Tagle; Don Daniel Vial; Doña María Vial Echeverría. Estas y muchas otras dignas personas comenzaron a recolectar dinero para la pronta construcción del Templo, gracias a la comprensión, generosidad y espíritu religioso de requinoanos y al de otras acaudaladas personas de Coinco y Copequén, se reunió la cifra de $ 300.000, que permitió levantar la deseada casa al Señor. La primera piedra se puso en 1911; tres años después la iglesia era obra hecha. Fue consagrada por Monseñor Rafael Lira Infante, obispo de Rancagua y luego de Valparaíso. El estucado, el revoque exterior, como el refinamiento y la línea estética se deben a Don José Arrieta. El diseño de la iglesia pertenece al ingeniero Don Patricio Irarrázabal.
A don Rogelio sucedió Don Roberto Ramírez Carrasco, quien permanece en el pueblo sólo dos años pues fue nombrado párroco de la ciudad de San Fernando.
Tercer párroco fue Don Oscar Valenzuela que trabajó con entusiasmo y sacrificio por tres años, tiempo en el cual manifestó dotes de mente y de corazón no comunes, prodigándose con celo y caridad.
Último párroco, antes que la parroquia fuese dada a los Padres Josefinos, fue Don Alberto Rey (5), antes padre dominico, quien no escatimó sus energías para el bien de las almas confiadas a su cuidado. Él erigió la bella estatua de la Virgen que, desde la colina sur mirando al sector de El Abra, protege y bendice a los habitantes. Don Alberto Rey trabajó en Requínoa por veinte años, es decir hasta su muerte ocurrida el 7 de enero de 1952.
No cerraremos el modesto listado de excelentes sacerdotes que nos precedieron en el trabajo en esta porción de viña del Señor, sin dirigir a ellos un pensamiento de viva gratitud, porque nuestra acción espiritual fue preparada y facilitada por ellos; la piedad que encontramos fue el generoso fruto de la abundante semilla por ellos lanzada a manos llenas y, en fin, el ambiente humano de simpatía y de cooperación en el cual fue relativamente fácil explicar nuestra actividad, lo debemos aún a ellos. Recordarlos es reconocimiento, rezar por ellos es un deber.

VI
LOS PADRES JOSEFINOS
El año 1947 es de gran importancia en la historia de los Padres Josefinos porque recuerda su llegada a Chile. Llegaron el 14 de febrero, llamados por Mons. Carlos Casanueva Opazo (6), Rector de la Universidad Católica de Chile, el cual confió la dirección del Patronato Santa Filomena que en aquel tiempo acogía al Instituto Politécnico de la misma Universidad, la Escuela Primaria y cuatro clubes deportivos a los que se debía dar particular asistencia religiosa. Los cohermanos enviados fueron cinco: P. Natale Pelliccioni, superior; P. Antonio Zanandrea, P. Vicente Guglielmino, el Hermano Hermenegildo Gottardo y el suscrito. Su primera ocupación fue aprender el español y luego dedicarse a la escuela.
Pasaron así dos años al fin de los cuales se presentaron un día en el Patronato Monseñor José De La Cerda (7) y Don Joaquín González hijo para conocer, como ellos decían, a los Padres Josefinos y sus actividades.
El fin de la visita era invitarlos directamente a tomar posesión de la Parroquia de Requínoa. Un paso tan decisivo había sido provocado por la grave enfermedad del Párroco D. Alberto Rey. Su estado de salud, los años, no sólo no hacían esperar una mejoría, sino que hacían prever cercano el día de su muerte, sin poder encontrar a quien pudiese sustituirlo. Habiendo las dos visitas sentir hablar del mismo Mons. Carlos Casanueva, de nuestra presencia en Chile, en términos de alabanza, pensaron dirigirse a nosotros. El P. Natale Pelliccioni, primer superior del Patronato, agradeció el ofrecimiento y la estima que se demostraba a nuestra Congregación y dijo que enviaría a dos hermanos al lugar a tomar conocimiento y luego, habiendo propuestas concretas, escribiría a Roma.
Como línea de máxima Mons. José De La Cerda y el señor Joaquín González nos ofrecieron el sustento de una comunidad de tres cohermanos, prometiendo ayuda financiera con el usufructo perpetuo de diez hectáreas de terreno pertenecientes a la parroquia.
En aquel periodo había llegado, proveniente de nuestra Misión del Napo, en el Ecuador, el P. Renato Selva (8), delicado de salud. Él fue el primer josefino salido de nuestro colegio Murialdo de Albano Laziale en Italia, alumno del llorado Padre Franco Valentino.
Una grave enfermedad que se arrastraba por algunos años decidió a los superiores a hacerle cambiar de aire. El P. Pelliccioni lo envió a Requínoa junto al Padre Vicente Guglielmino (9). Ellos fueron los dos primeros josefinos que conocieron el pueblo y la zona que lo circunda. Fueron acogidos con simpatía y gentileza por la familia González Echeñique. Así pudieron a sus anchas tomar notas de todos los datos y recoger todas las noticias necesarias para un informe a los Superiores Mayores; luego volvieron a Santiago satisfechos, no solo, sino que entusiastas del ambiente y del excelente campo de trabajo que se presentaba a las energías de una nueva comunidad josefina cuando Roma aceptase la Parroquia. Fue enviada una completa relación al Consejo General y se quedó en espera.
La Providencia quiso que, algunos meses después llegase de visita a las casas de América el mismo Superior General de los Padres Josefinos, P. Luis Casaril (10) al cual Mons. José De La Cerda y el Señor Joaquín González se presentaron para invitarlo a hacer un recorrido a Requínoa.
El P. General ya bien dispuesto por la relación hecha por el P. Pelliccioni, aceptó de buen grado. Fue a Requínoa donde recibió la más afectuosa hospitalidad del mismo Monseñor José De La Cerda. Estudió las propuestas que le presentaron y que le parecieron buenas y decidió, por lo tanto, aceptar la parroquia sea por sí misma y sea porque el ambiente, en general, le pareció adecuado para una escuela apostólica. Este es el verdadero motivo por el cual se decidió la apertura de la casa de Requínoa.
El tiempo, las circunstancias, la buena voluntad de las personas amigas, la sinceridad de quienes nos habían llamado, probaron que las raíces de la nueva institución se fundaban en fértil terreno y que todo hacía esperar su futuro desarrollo. De hecho, la población escolar del Liceo san José ha alcanzado los 350 alumnos, posee campos deportivos, jardines, huertos y deja prever un incremento aún mayor.

VII
LA PRIMERA COMUNIDAD JOSEFINA
La primera comunidad josefina fue formada por el P. Octavio Colle, quien hace su ingreso a Requínoa en calidad de Superior y Párroco el 30 de enero de 1949. Un mes más tarde lo alcanza, proveniente de Buenos Aires el Padre José Bossoni, y el 17 de marzo se agrega el Hermano Valente Calzoni, enviado desde la Comunidad de la Colonia Agrícola de Morrison, Argentina.
Sucedió a los primeros tres cohermanos de Requínoa lo mismo que, dos años antes, le aconteció a los primeros Padres llegados a Santiago quienes, ya que los trabajos de adaptación del Patronato no habían aún acabado, fueron hospedados por una semana en la casa de Ejercicios Espirituales, fundada por Monseñor Carlos Casanueva, llamada San Francisco Javier, en calle Crescente Errázuriz 901; así la primera comunidad de Requínoa, en cuanto a su alimentación, al menos, fue huésped por un mes de Don Hermógenes De La Cerda.
Hablaré aquí brevemente de los primeros tres cohermanos que con sacrificio y valor echaron las bases de la obra de Requínoa no ahorrando energías, esfuerzo, experiencia: dejando de lado el viejo consejo: “después de muerto las alabanzas”  ( post mortem lauda ), creo deber de cohermano poner de relieve su trabajo con palabras que su modestia ciertamente rechaza, pero que el afecto y la admiración hacia ellos no me permiten dejar en la pluma.

P. OCTAVIO COLLE. (11)
El trabajo de los Padres y especialmente el de P. Octavio fue enorme. En los últimos años de su vida el Párroco anterior, por graves achaques, había debido limitar al mínimo el trabajo de la parroquia y se sabe que las diversas actividades religiosas, si no son seguidas, guiadas, y animadas, poco a poco terminan por agonizar y morir. Esto no quiere decir que en Requínoa se haya muerto la vida religiosa; había vida, pero, como brazas bajo la ceniza, esperaban una mano enérgica que le activase, un corazón generoso que, pasando de familia en familia, tomase contacto con cada uno de sus miembros, lo que se dice en una palabra, una exacta cuenta del estado moral del pueblo. Todo esto hace que el P. Octavio Colle con aquel impulso, con aquel entusiasmo, infatigable que le han sido característicos desde los primeros años de su apostolado, sea como Director del Patronato León XIII de Vicenza, sea como Párroco de san José  Vesubiano o sea como uno de los más activos párrocos de la Inmaculada en Roma, donde tuvo ocasión de desplegar excelentes cualidades en un crescendo admirable de trabajo que aún hoy sigue dando frutos.
Llamado por la obediencia a América, a la edad de cincuenta años, P. Colle toma, con el encargo de Provincial, las riendas de la Congregación con arrojo e interés. En su viaje a Italia supo hablar bien de América y de sus posibilidades, del agrado en el trabajo, de la necesidad de sacerdotes, que fueran con él, en aquella que fue llamada “la gran expedición”, cincuenta y cinco cohermanos divididos para Brasil, Argentina, Chile y el Ecuador. Una igual llegada de trabajadores a América jamás había ocurrido en nuestra pequeña Congregación y creo que antes que suceda una segunda deberá pasar mucha agua bajo los puentes del Tévere.
P. Colle fundó la asociación llamada de san José ya muy difundida en Chile y una treintena de varones se enrolaron bajo el estandarte de nuestro Santo también en Requínoa. La institución tiene buenas bases porque aún hoy continúa fiel a sus principios, aunque hayan transcurrido once años desde sus inicios.
Organizados de esta manera los varones, P. Colle dio vida a las Madres cristianas de Santa Ana, otra rama importante en la vida de la Parroquia, junto a la cual florecieron rápido las asociaciones de Acción Católica masculina y femenina. Todo esto no era suficiente para la actividad de los Padres: día a día se hacía más notar la necesidad de una escuela Parroquial sin la cual su trabajo habría estado incompleto.
Padre Colle cumple la palabra con Don Joaquín González padre, que,  como dijimos antes, en nombre de su madre, daba principio a la construcción del primer pabellón del edificio de dos pisos, con atrio y dirección. Los trabajos, comenzados en 1949, fueron terminados al año después el 19 de marzo día en el cual se abrían las puertas para los primeros alumnos. El Padre Colle no abandonó la construcción hasta que no llegó a término. Tomando en mano la picota, la alternó con el azadón; llevó ladrillos, materiales y …. los transportaba. Se sabe que Don Colle no tuvo jamás predilección por las notas graves, de modo que no es difícil imaginar a este inquieto apóstol de bien entre los trabajadores, ayudándoles, regañándoles y más de alguna vez, a pesar suyo, obstaculizándoles.
La nueva escuela consigue de inmediato la simpatía de la gente buena y en corto tiempo las cuatro salas no fueron suficientes a la demanda, el número siempre creciente de alumnos determinó a los Padres a agregar a la escuela primaria los tres primeros años del Liceo que hoy cuenta con ochenta alumnos. Pueblos y fundos de la zona preferían nuestra escuela a la fiscal y no dejaban pasar ninguna ocasión para manifestar su absoluta satisfacción por nuestro sistema de enseñanza y de educación. El éxito más que halagüeño de los exámenes, sea de los cursos primarios, como de aquellos del Liceo siguen confirmando ampliamente que la estima por el trabajo de los Padres ha ganado mucho terreno.

P. JOSÉ BOSSONI (12)
Llega a Requínoa un mes después que P. Octavio Colle.  Era esperado como segundo miembro de la Comunidad, con la experiencia de quien se había enriquecido en los once años de trabajo en nuestra obra de Cristo Obrero en Buenos Aires donde junto a P. Vittorio Gagliardi fue un valioso pionero.
Para la ocasión P. Colle había reunido en la estación cerca de ciento cincuenta niños a los cuales, a la llegada del tren y al acercarse a la ventanilla de P. Bossoni, estallaron en un clamoroso saludo seguido de gritos de alegría y entusiastas aplausos con la manifiesta satisfacción del cohermano, con la admiración de los pasajeros que observaban la escena alegre e inesperada y, sobretodo, con gran gusto de P. Colle que conquistaba con el nuevo llegado, un buen colaborador. También estaban presentes Mons. De La Cerda y S. E. Guillermo Varas, Ministro de Salud el cual se presentó de esta manera al P. Bossoni:

  • Guillermo Varas, Ministro de Estado.
  • Mucho gusto, respondió el Padre, a su vez; P. José Bossoni, ¡Ministro de Dios!

La rápida salida le gustó al Ministro, buen católico que, luego, hecho y mantenido como nuestro gentil amigo, comentaba, aquella de los ministros de Dios es la única clase de persona que jamás será depuesta de su oficio. De hecho, yo ya no soy Ministro de Estado, pero P. José continúa siendo ministro de Dios.
En el año 1946 Mons. Carlos Casanueva Opazo, seriamente preocupado por la suerte de su Patronato de Santiago, buscaba una Congregación religiosa que tuviese por fin la educación de la juventud pobre y abandonada. Debiendo en aquel tiempo acompañar a Roma a S. E. el Cardenal José Mª Caro Rodríguez, Arzobispo de Santiago, Monseñor Casanueva se queda algunos días en Buenos Aires, huésped del Cardenal Luis Coppello a quien le manifestó su gran preocupación por su obra en la capital chilena. El Cardenal, apenas Monseñor Casanueva terminó de hablar le aconsejó: En Buenos Aires yo tengo una Congregación moderna de religiosos que calza perfectamente con lo que Ud. desea. Vaya al barrio llamado Villa Soldati, en la Parroquia de Cristo Obrero y allí observe el trabajo de los Padres Josefinos.
Monseñor Casanueva no esperaba algo mejor. Tomó un taxi y llegó a Villa Soldati, se detuvo un momento delante de la iglesia cuya puerta estaba abierta y entró. Allí, en medio de un nutrido grupo de niños, no muy silenciosos, estaba el P. José Bossoni enseñando el catecismo. Monseñor Casanueva se quedó un momento observando como el padre enseñaba, luego acercándose le pide hablar con el Superior que entonces era el P. Octavio Colle. Con el trató, a él le expone sus problemas y de él obtiene una carta de recomendación para nuestro Superior General en Roma.
Cuando Monseñor Casanueva volvió donde el Cardenal, éste le preguntó:

  • Y bien, Monseñor?
  • Son justo los Padres, respondió Don Carlitos, los que buscaba hace años.
                    En la obra de Cristo Obrero, durante la cena, el P. Colle preguntó al P. Bossoni:¿Sabe usted quien era aquel curita que esta tarde quiso hablar conmigo?
    Algún pobre sacerdote que habrá tenido necesidad de ayuda económica, visto que estaba míseramente vestido y, en general, tan mal presentado…, respondió el P. Bossoni.
    No precisamente, explicó el P. Colle. ¡Aquel curita es S. E. Monseñor Carlos Casanueva, Rector de la Universidad Católica de Chile!

En los primeros tiempos de su vida apostólica en Requínoa el P. Bossoni tenía el encargo de enseñar religión en los diversos fundos pertenecientes a nuestra parroquia. Un día mientras él, en el fundo Las Rosas, estaba justamente ejercitando su ministerio, entró en la habitación el administrador, el Señor Raúl Troncoso el cual dice al P. Bossoni, admirado por la forma como el Padre impartía las clases: “Sepa, Padre: yo tengo un hermano que ocupa un puesto importante en calidad de jefe de la Oficina del Presupuesto Nacional; si tiene necesidad de dinero pídaselo a él”.
El P. Bossoni habló con el P. Emilio Martinelli (13), en ese momento Párroco que, algunos meses después, se presentó al señor Hernán pidiéndole una subvención. Para aquel primer año, debido a la tardanza de la petición, se obtuvieron $ 600.000, pero en seguida, el interés y el afecto del Señor Troncoso crecieron de tal manera que hoy casi toda la obra es de ladrillos, especialmente la renovación de la Iglesia, se deben a él y de él tendremos ocasión de hablar más adelante.
Aquí sólo nos interesaba poner en evidencia como el modo paterno, paciente y sobretodo las características didácticas del P. José Bossoni han sido los medios a través de los cuales la Providencia quiso sensiblemente bendecir a los Padres Josefinos en Chile.

EL HERMANO VALENTE CALZONI (14).
“Last but not least”, último
pero no de menor importancia en unirse a los primeros dos padres y a formar así la primera comunidad de Requínoa fue el cohermano Valente Calzoni llamado y conocido como “el hermano” quien comenzó a desarrollar su actividad y encargo de profesor, maestro de música, profesor de gimnasia y administrador, en una palabra de “fac totum”, el 17 de marzo de 1949.
Eficaz, metódico, enérgico maestro de escuela, experimentado por largos años en una vida de duro trabajo y de sacrificio, con un importante bagaje de experiencias reunidas en nuestras colonias agrícolas de Italia, madurado en el cansancio y bronceado en el sol de África durante el glorioso periodo de la guerra de Abisinia en la cual fue chofer del General Messe, el cohermano Valente toma todo lo mejor a beneficio de la nueva obra. Desde aquel día los intereses de la casa fueron sus intereses, las vicisitudes del colegio fueron suyas. Todas sus iniciativas no tuvieron y no tienen otro fin que mejorar el buen andar de la obra y cada vez que circunstancias más importantes pedían su brazo, él, cercano ya a los cincuenta años, parte con la resolución de un muelle, dúctil, preciso, seguro y, si se trata de manejar cuatrocientos alumnos en una revista de gimnasia, de ponerse de punto fijo en los monótonos listados de una rifa o de preparar un cóctel para un centenar de personas, el Hermano, en primera fila, audaz como en sus mejores años, con la autoridad que su oficio le concede, con la caridad del buen religioso, con la tenacidad de un soldado plenamente responsable que, puesto en el lugar de su deber, centinela adelantado a las órdenes de su superior, dice con hechos, en un espíritu de devoción y de inflexibilidad sobre el cual es agradable apoyarse: De aquí no me muevo.
Esto, a grandes pinceladas es el “Hermano Valente”.


VIII
CAMBIOS
Al Padre Colle llamado luego por la obediencia, sucedió el P. Rino Pisi (15) que se desempeñó como Director de la Escuela desde el año 1950 al 1951. Su trabajo silencioso, su eminente espíritu de humildad, su modestia y cortesía en el trato le granjearon en breve tiempo la estima de los cohermanos y de la población de Requínoa.
En 1951 llegó a ser parte de la comunidad el Padre Bruno Paroletti (16) quien permanece en Requínoa dos años consagrando sus energías a los jóvenes de nuestro aspirantado josefino. En el mismo año llegaba desde Santiago el P. Emilio Martinelli con las atribuciones de Párroco y al año siguiente también con las de Superior. Suya es la obra y la casa del aspirantado para sesenta jóvenes. Hombre de mente abierta, preparado para la vida de párroco, de seguras iniciativas, graduado en Letras en la Universidad del Sagrado Corazón de Milán, dio impulso a las obras parroquiales con seguridad de visión, con libertad de acción que le venían de la absoluta conciencia de su labor.
Franco, abierto, recto, enemigo de las cosas a medias y de las líneas oblicuas se impuso rápidamente entre cultos e ignorantes. A él se debe la creación del primer ciclo de Humanidades. Su relación con el Director de Rengo, Don José Osores, le permite atraer hacia su escuela las simpatías no sólo del Director sino también de los examinadores que encontraron siempre a nuestros alumnos seriamente preparados y notaron en nuestra escuela un destacado sentido de responsabilidad. Desde estas páginas sea lícito dirigir un saludo agradecido al Señor Osores, si bien debió dejar su encargo de Director por razones de edad, continúa demostrándonos su amistad. Cuanto se ha podido obtener en el campo de los estudios, especialmente en los primeros años, las dificultades no pequeñas superadas en la conformación del Liceo, son fruto de su profundo espíritu de comprensión y de su cariño hacia nuestra obra; espíritu y afecto que jamás faltaron en los diez años en los cuales se mantuvo a nuestro lado, amigo fiel, consejero discreto y sabio. Puedan estas palabras caer bajo sus ojos para que leyéndolas él constate que la planta del reconocimiento no se ha secado en nuestros corazones.
Luego de seis años el P. Emilio fue llamado a trabajar en nuestra casa de Alburquerque en los Estados Unidos. Allá al cabo de pocos años ha construido una nueva iglesia parroquial con una casa para la comunidad, una escuela básica y dado vida a todas las asociaciones católicas; él es admirado por su rapidez y genialidad.
Los primeros dos cohermanos sacerdotes destinados a nuestro aspirantado fueron el P. Bruno de Santis (17), actualmente director del Patronato Santa Filomena de Santiago y el P. Italo Sarolo (18), cura párroco y superior de la obra de Requínoa. Ambos pusieron a disposición de los jóvenes su preparación cultural, su espíritu juvenil y entusiasta para formar futuros sucesores de nuestro trabajo.
Pertenece a la comunidad de Requínoa el P. Pedro Pasquarelli (19), que se distingue por su celo por las almas y por una buena oratoria, permeada de particular unción, lo que hace de sus prédicas lecciones de piedad y de espíritu religioso.
Al P. De Santis sucedió el P. Eugenio Molón (20), que dirige espiritualmente a los jóvenes del aspirantado primero en Requínoa y luego, durante los trabajos de la iglesia, en La Punta de Codegua.
Recordemos al P. Silvio Fracasso (21), que se dedicó con éxito a la música y a la enseñanza de la matemática. Hoy él dirige en Mendoza un magnífico coro de Niños cantores. Hace cuatro años hace parte de la comunidad el suscrito.
Excelente recuerdo, por su alegre carácter y su eminente espíritu de adaptación, ha dejado el P. Doménico Annunziata (22), que por sus dotes de carácter, por su sentido del equilibrio y facilidad de palabra fue nombrado párroco en Buenos Aires desde donde pasó con las mismas funciones a la parroquia de Morrison en Argentina.
En el año 1958 proveniente de Ecuador llega a La Punta de Codegua el P. Fabio Faggin (23) iniciando su trabajo como profesor y administrador, estimado y querido. Debido a la escasez de personal pasó de Codegua a Requínoa como profesor de nuestro Liceo.
A principios de abril de este año (1961) el noviciado Josefino de Codegua fue trasladado a Requínoa siendo Padre Maestro Pier Luigi Mason (24). Fue arreglado el local de los Aspirantes, quienes fueron enviados a sus casas, en espera de poder ser recibidos, multiplicados, el próximo año.
Hemos querido escribir los nombres de los cohermanos que pasaron por esta comunidad en sus primeros años de vida, para que permanezcan en su pequeña historia y para que los cohermanos que vendrán a trabajar en este campo recuerden por quienes fue arado y les sean agradecidos.

IX
LOS PADRES JOSEFINOS Y DON HERNÁN TRONCOSO. (25)
                El periodo que va de 1955 al 1960 puede considerarse como el período de oro de la obra de Requínoa. Si este juicio puede aparecer hiperbólico, responderemos que nosotros estaremos contentos de poderlo denominar también sólo de plata si el tiempo, en su progreso, nos presentase algo mejor de cuanto se ha podido realizar hasta ahora con el manifiesto favor de san José.
Si es lícito aplicar el “filius acrescens Ioseph et decorus aspecto” (n. del t.: José, hijo que crece y de hermoso aspecto) a nuestra institución que justamente de san José lleva su nombre, debemos reconocer que el camino recorrido en estos once años ha sido mucho y en estos últimos cinco no solamente mucho, sino muchísimo, porque se ha procedido con pasos propios de gigantes.
Más adelante confirmaremos las palabras con los hechos, mientras tanto estimamos más que oportuno, necesario hablar de los medios o mejor dicho de las personas que en Sus manos fueron instrumentos idóneos y particularmente dóciles a través de los cuales la casa de Requínoa ha recibido aquel impulso primero y conquistó aquella importancia luego, que ayudaron a consolidar las bases materiales indispensables al trabajo espiritual.
El sexenio del que hablamos ha sido aquel del actual Director y Párroco Padre Italo Sarolo, que pudo realizar una inmensa cantidad de trabajo gracias al vivo interés con el cual hizo suyas las necesidades de la casa, y gracias, sobretodo a la amistad sincera con Don Hernán Troncoso que – como dije antes- en calidad de Jefe de la Oficina del Presupuesto Nacional, asignó o hizo asignar a la obra San José sumas verdaderamente ingentes que, en tres años, superaron los cincuenta millones.
Y, considerando que estamos en el tema de las subvenciones sentimos el deber de recordar que también a él se deben aquellas asignadas al Patronato de Santa Filomena, a la casa del Noviciado de La Punta de Codegua, a la Parroquia de La Reina en los alrededores de Santiago y a aquella de la Virgen del Pilar de Valparaíso. Un cómputo total de cuánto los josefinos han recibido alcanza a los ciento cincuenta millones de pesos.
En Requínoa con las subvenciones obtenidas fue posible:
Iniciar y llevar a término los trabajos de reconstrucción de la Iglesia Parroquial.
Añadir, con un  edificio de dos pisos, la escuela primaria con el ala del liceo contigua del primer ciclo de Humanidades por un total de 27 metros;
Construir otra ala de dos pisos, cuya planta baja sirve de comedor de los alumnos externos y, en parte, de comedor para los novicios. Durante las labores de la iglesia funcionó como capilla. El piso superior, una vez terminado, ofrecerá a los cohermanos dormitorios cómodos, prácticos e independientes;
Pavimentar el patio interno, el patio de la escuela primaria, el tramo que se extiende entre dicho patio y la pared oriental de la iglesia;Realizar, además urgentes trabajos de alcantarillado, aunque no tan visibles muy apreciables para la higiene de la casa; el entubado es de cerca de 230 metros.

        Podríamos, si quisiésemos, añadir algunas otras labores de menor rango, pero todas igualmente prácticas y necesarias como, por ejemplo, el moderno gallinero y la sólida porqueriza de cemento; baste para  hablar de los más importantes.
Los dos últimos años, es decir 1958 y 1959 han sido llenos tanto de satisfacciones como de amarguras. No siempre el dinero ha estado al alcance de la mano; no siempre los acreedores dispuestos a la comprensión. Cuánta habilidad para saber actuar en los momentos más complicados y, también, cuánta paciencia!
A veces las labores de la iglesia se desarrollaban con lentitud exasperante. A veces un difuso sentimiento de desconfianza pesaba lleno de interrogantes sobre quien había iniciado una obra de dimensiones tan grandes.
Así llegaron los días tristes cubiertos de densos nubarrones; pero el sol reaparece en todo su esplendor el 13 de diciembre de 1959, cuando todo un pueblo fiel y una admirable corona de amigos observaron temerosos las manos de S. E. el Nuncio Apostólico Mons. Opilio Rossi que, cortando la cinta, proclamaba que la parte principal de la iglesia se había terminado; que tantos sudores no se habían derramado en vano; que dudas y desconfianzas se habían disipado y que, en fin, el templo de Dios estaba ahí, bello, firme, imponente; estaba allí, objeto de admiración y de satisfacción delante de los ojos de los simples y a las explicables exigencias de los doctos, lugar sagrado en el cual refugiarse en los momentos de desolación y en las principales etapas de la vida; estaba allí para siempre, con sus bellos arcos, con sus ligeras columnas, con sus valiosos mármoles, en un juego armonioso de líneas y colores; estaba allí en la compacta resistencia del cemento y en la dureza de la piedra, para recordar a los presentes y a las futuras generaciones que el encuentro de Don Hernán Troncoso con los Padres Josefinos había hecho brotar la más bella flor de Requínoa: el Santuario Nacional chileno de san José.

X
INAUGURACIÓN DE LA IGLESIA PARROQUIAL
        Como se recordará la iglesia de Requínoa había sido construida hace cerca de cuarenta años, cuando este no era sino un pueblo en embrión, por el interés y el trabajo de su primer párroco Don Rogelio Matías Pérez.
Un generoso benefactor de esos tiempos, propietario de grandes extensiones de bosques, había regalado la madera necesaria para la construcción de la iglesia que resultó bella, decorosa, pero poco sólida. El pueblo se mostró satisfecho y comenzó a asistir con visible provecho espiritual y, por ello se decía, la iglesia de Requínoa, en aquel tiempo, era una de las mejores de la zona. Luego, poco a poco, por causa de su relativa consistencia, comenzó a dañarse por la intemperie, dejando caer de tanto en tanto, trozos de cornisas y grandes trozos de escombros. En el último tiempo se había hecho peligroso usarla y por ello se decide ocupar una sala para el culto, al mismo tiempo que se iniciaba la demolición de la iglesia antigua.
Estando así las cosas se llega a la determinación de rehacer la iglesia parroquial por completo, con líneas más modernas, con columnas más esbeltas que permitieran una cómoda vista del altar mayor desde todos los puntos de la iglesia. El altar, las gradas del altar, la fina balaustra que corre a los tres lados del presbiterio, son hechas de fino mármol, hecho llegar de las minas del norte de Chile y trabajado por el competente y hábil marmolista italiano Fabrizzi.
El altar, llevado más adelante bajo la cúpula, recibe la luz de las ventanas de los brazos laterales y recoge sobre sí toda la atención de los fieles del modo más natural y devoto.
El proyecto ha sido una excelente obra del arquitecto Fernando Palma Correa que, salido de las filas de los arquitectos titulados en la Universidad Católica de Santiago, fue luego un admirado y genial profesor de las nuevas generaciones de estudiantes. Los Padres Josefinos son deudores de él por importantes trabajos realizados en el Patronato santa Filomena de Santiago y en la construcción del Noviciado de La Punta de Codegua, a mitad de camino entre Santiago y Requínoa.
Desde el 13 de diciembre de 1957, día en el cual se dio inicio a los trabajos, hasta el día de la inauguración no hubo descanso. Esto se debe a la visible y conmovedora intervención de san José de la cual la iglesia es su titular, intervención que si bien no es lícito llamar milagrosa debemos decir por lo menos que fue excepcional, considerada la rápida realización de la construcción que tuvo algunas cosas extras a lo presupuestado en este tipo de trabajos. Por otro lado, hemos visto cuales han sido los medios y los hombres de los cuales san José se ha servido para realizar esta gran obra.
Fue invitado a la ceremonia de inauguración de la nueva iglesia S. E. Rev. Monseñor Opilio Rossi, Nuncio Apostólico en Chile y antes Nuncio en Ecuador donde tuvo ocasión de conocer a los Padres de nuestra Misión del Napo y de los cuales habla con particular afecto y admiración.   
El P. Italo Sarolo, junto a Mons. José de La Cerda, Delegado Arzobispal para la enseñanza religiosa en todas las escuelas de Chile y el P. Antonio Nardón (26) llegado expresamente de Buenos Aires como representante oficial del R.P. Superior Provincial, fue a recibir al Exmo. Sr. Nuncio, a la entrada del pueblo, donde, junto a una multitud variopinta, se alineaban ciento cincuenta hombres a caballo. Formando una imponente procesión el Nuncio fue acompañado hasta el Municipio donde lo atendieron el Señor Antonio Coloma, Presidente del Partido Conservador de Chile, algunos diputados, el gobernador de Rancagua, jefe de la Provincia, y autoridades civiles y militares.
El Alcalde, entre la general conmoción, saludaba al representante del Santo Padre diciendo que Requínoa estaba orgullosa de recibir, por primera vez, en su existencia, una autoridad religiosa tan alta y digna de respeto. El Nuncio respondía con vibrantes palabras manifestando su satisfacción al encontrarse entre un pueblo que lo recibía con tanto entusiasmo y bendecía al Señor por la feliz obra de bien que en Chile se puede hacer, gracias al admirable acuerdo y a la perfecta armonía que existe entre Iglesia y Estado.
Reanudada la procesión, precedida por la banda militar de la cercana Rancagua, entre una multitud que seguía creciendo minuto a minuto venida de los pueblos y de los fundos cercanos, se congregaba frente a la iglesia donde P. Italo tomaba la palabra a nombre de los parroquianos; invitaba al Nuncio a bendecir el nuevo templo y le agradecía por haber aceptado su invitación. Mientras la banda tocaba el Himno pontificio Mons. Opilio Rossi cortaba la cinta que impedía el ingreso a la iglesia, y, acompañado de las autoridades y de los fieles se dirigió al altar mayor.
Trescientas voces de jóvenes saludaban el ingreso del Nuncio con el canto de “Christus vincit”. Siguió La Misa de Ángeles cantada por nuestros alumnos y por las alumnas de la Escuela de las reverendas Hermanas de santa Marta, italianas, que colaboran con nosotros en el trabajo de formación de la juventud.
Es un deber hacer notar que la ejecución de la Misa fue motivo de satisfacción general manifestada primero por el Nuncio y luego por las autoridades que se mostraron admiradas por el espléndido efecto obtenido con una Misa que, siendo tan popular, produjo en todos las más agradables sensaciones y fue motivo de devoción y de piedad. Su Ex. el Nuncio habló luego del Evangelio indicando y recordando lo que significa la iglesia.
Se leyó el renovado pergamino que el tiempo había borrado y del cual se tenía copia en los archivos parroquiales, a la que se agregó la lectura de un segundo, para ambos ser colocados en la base del pedestal de la estatua de san José, para mantener el recuerdo del grandioso evento, para que la posteridad recuerde la fecha en que fue abierto al culto el nuevo templo, y aprecie, imitándola, la fe de todos aquellos que participaron en su inauguración.
El día 12 de junio, en presencia de autoridades y del pueblo que colmaba la iglesia, Monseñor Eduardo Larraín Cordovez, Obispo de la Diócesis de Rancagua, consagraba el nuevo altar de mármol según diseño del arquitecto Fernando Palma Correa. Ocho esbeltas columnitas sostienen la mesa de mármol que está apoyada sobre blancos capiteles sobre los que fueron esculpidos el emblema de la Congregación y motivos religiosos eucarísticos.
La extensa y devota ceremonia religiosa de la consagración fue seguida con atención y piedad por los fieles en todas sus partes, mientras el Párroco desde el púlpito acompañaba las diversas partes de la ceremonia con oportunos comentarios.
Nuestros novicios desempañaron admirablemente las partes del Canto sea durante la ceremonia como durante la Misa.
Así con el favor de san José, se ha realizado otro importante paso de las terminaciones artísticas y decorativas de la nueva iglesia parroquial.
Quiera san José desde su bella estatua, la cual gloriosamente hace cabeza de toda la obra, bendecir a los fieles de Requínoa de hoy y de mañana, aumentar en todos las gracias de Dios y obtener que el nuevo templo sea motivo de un general crecimiento espiritual.
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El camino reservado a nuestra obra es aún mucho y extenso.
        Chile se encuentra en fase de desarrollo, sea en sus ciudades como en sus pueblos, porque es una nación joven con una poderosa cantidad de riquezas para aprovechar. Nosotros no podemos prever, ni predecir el futuro de esta zona campestre y mañana probablemente comercial e industrial; pero podemos afirmar que, con el seguro aumento de población, nuevos campos de actividad se abrirán a nuestra institución. Si en estos campos, otras fuerzas de la Congregación llegarán a trabajar, se deberá en gran parte al ambiente construido hoy, a la racional adecuación de los locales y a las muchas mejoras realizadas.
        Estos son los hechos y estos los hombres de los primeros once años de vida josefina en Requínoa. La historia de la comunidad no puede ser extensa porque pocos son los años de su existencia. Si de la mañana, se conoce como será el día, no es difícil pronosticar que el pleno día de la obra san José, será indiscutiblemente luminoso y es esto justamente lo que deseamos.
        Que el Señor siga considerando esta casa con mirada complaciente, se digne fecundar el trabajo de los cohermanos con su bendición y los haga cada día más idóneos para colaborar en la salvación de las almas en medio de la juventud.-

 

NOTAS.

  • Edilio Neyrone Massera. Nació en Collegno (Turín), el 31 de octubre de 1906, y ordenado sacerdote el 21 de mayo de 1932. Fue secretario del Superior General, Director de la revista de la Congregación “Vita Giuseppina” y uno de los primeros josefinos llegados a Santiago en 1947. Rector del Liceo Leonardo Murialdo entre 1951 y 1956. Luego pasó a Requínoa hasta el año 1964, desde donde fue trasladado a Estados Unidos, volviendo a Italia en 1971. Hablaba incansablemente de Murialdo, amaba el predicar y el trabajo en la escuela, sintiéndose orgulloso de ser sacerdote y josefino. Se caracterizó por su juventud de espíritu y su alegría de vivir, virtudes que conservó hasta su muerte el 13 de marzo de 1979 en Rívoli (Italia). Sus alumnos le recuerdan como un gran amigo, amistad hecha de simplicidad y de espontaneidad, de alegre y optimista servicio durante toda su vida.
  • La palabra requínoa o requingua, significa en lengua mapudungun, mezquindad.
  • Sor Asunta Franceschetti. Nació en Paterno, Italia el 16 de octubre de 1909. A los 19 años el 28 de abril de 1929 ingresa a la Congregación de las religiosas de Santa Marta. Tras varios años de apostolado en Italia, con espíritu de obediencia y confiada en la Providencia, parte a América. Llega a Chile en 1954, pasando por comunidades como Laguna, Vallenar y Requínoa, lugar en el que ejerce como Superiora. Además del cuidado de las internas, ayudaba en el colegio, la catequesis, las labores propias de la comunidad y en especial la visita y animación espiritual de las familias. Vuelve a Italia el 6 de enero de 1971. Fallece en Querceto, Florencia en 1996, después de 65 años de fidelidad en su consagración religiosa.
  • Juan Enrique Concha Subercaseaux. (1863-1917) Profesor de Economía Social de la Universidad Católica, Diputado en varios períodos y Presidente de la Cámara de Diputados. Ministro de Guerra y Marina y gran promotor de la acción social de la Iglesia.
  • Alberto Rey González. Párroco desde 1929 a 1949. Falleció a los 80 años el 7 de enero de 1952. Sus restos descansan en el Mausoleo de la Congregación en Requínoa.
  • Monseñor Carlos Casanueva Opazo. (1874-1957). Abogado, sacerdote, rector de la  Universidad Católica desde 1919 hasta 1953, dotándola del nivel que hoy ostenta, creando varias de sus Facultades y el Hospital Clínico. Fundó el Patronato santa Filomena el 05 de noviembre de 1898, siendo el gestor de la llegada de los Josefinos de Murialdo en 1947 a Santiago. Sus restos reposan desde el año 2004, en la Capilla de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
  • José Hermógenes De la Cerda, Monseñor. Sacerdote diocesano. Párroco de san Miguel y de Andacollo en Santiago. Fundó y dirigió por más de veinte años el Secretariado Catequístico. Falleció el 11 de agosto de 1982. Sus restos descansan en el mausoleo familiar en el Cementerio Católico.
  • Renato Selva Thiebert. (1914- 1948). Sacerdote josefino, nacido en Roma el 11 de mayo de 1914. Ordenado en 1939, parte en mayo de 1940 como misionero a Ecuador. Producto de una grave enfermedad es trasladado a Santiago, no logrando recuperarse, fallece el 12 de marzo de 1948, siendo sepultado en el Cementerio Católico y trasladado al Cementerio de Requínoa el 04 de septiembre de 1981.
  • P. Vicente Guglielmino. (1912-1986). Sacerdote josefino nacido el 15 de octubre de 1912 en Viú, Turín. Ordenado sacerdote en Albano el 23 de julio de 1939, año en que partió a Argentina. En 1947 formó parte de la primera comunidad josefina de Santiago de Chile, haciéndose cargo de los cursos primarios hasta 1950, año en que es transferido a Mendoza. Vuelve a Italia en 1957. Fallece en 1986, tras una larga enfermedad iniciada en 1961 por una hemorragia cerebral que le deja hemipléjico.
  • Luis Casaril. (1883-1980). Sacerdote josefino quien conociera a los primeros Fundadores, y que durante los años 1931 a 1958 ocupó el cargo de Superior General de la Congregación, por espacio de 27 años, lo mismo que Murialdo. Su programa de gobierno se fundamentó en el incesante cuidado por la formación, la eficiencia de las sedes y la regularidad de los estudios. Gracias a ello, se duplicó el número de hermanos haciendo posible la apertura de nuevas casas y la propagación en América. Su gran devoción y su fervor hacia la Iglesia queda de manifiesto en el envío de una sola vez de 51 misioneros a nuestro continente, de los cuales surgirán los primeros josefinos en la obra de Requínoa. El 22 de septiembre de 1953 inició la Congregación de las Hermanas Murialdinas de san José, de las cuales nunca se sintió un fundador sino un ejecutor, señalando a Murialdo y don Reffo como los verdaderos Fundadores. Tras 97 fructíferos años de vida fallece el día de la Asunción de 1980.
  • Octavio Colle. (1888-1975). Sacerdote josefino nacido en Padua el 27 de julio de 1888. Ordenado sacerdote el 1 de mayo de 1916 en Vicenza. Durante la Primera Guerra debió alistarse en el Ejército, retornando a la comunidad el 30 de junio de 1919. En 1937 fue electo Procurador General de la Congregación, cargo al que renunció al año siguiente para ser nominado Superior Provincial de Argentina y Brasil, luego lo será de la naciente Provincia argentino-chilena, siendo transferido a Brasil en 1951 y retornando a Italia en 1953. Muere a los 86 años el 30 de julio de 1975.
  • José Bossoni Mombelli. (1892-1970). Sacerdote josefino nacido Brescia el 10 de octubre de 1892. Ordenado sacerdote el 8 de diciembre de 1929. Fundó la primera obra josefina en Buenos Aires en 1936. En 1949 fue destinado a la naciente obra de Requínoa, donde permanece por más de veinte años. Se distinguió por ser un conquistador de almas, su alegría, su simplicidad, la humildad y la donación de sí mismo a todos sin distinción. Fallece en Santiago a los 78 años el 8 de agosto de 1970.
  • Emilio Martinelli. (1910-1976). Sacerdote josefino nacido el 17 de febrero de 1910. Consagrado sacerdote en Modena el 30 de diciembre de 1934. Capellán militar durante la Segunda Guerra. En 1948 fue destinado a la obra de Requínoa, asumiendo en 1950 el encargo de director y párroco. En 1955 pasó a Estados Unidos. En 1965 da inicio a la Parroquia de San Pedro en California. Desde 1962 a 1973 se desempeñó como ecónomo de la viceprovincia josefina de Estados Unidos. Muere a los 66 años el 17 de mayo de 1976.
  • Valente Calzoni. (1911-1969). Nacido en Gorzone (Brescia) el 01 de abril de 1911, ingresó como postulante en 1927, haciendo en Rívoli su Noviciado. Su primer campo de acción fue en Roma, interrumpiendo esa misión por el servicio militar durante dos años; apenas vuelve es convocado a prestar servicio en la Guerra durante tres años en África. Hace sus votos perpetuos en 1937. Enviado a Libia, vuelve en 1939 a Italia desde donde es destinado a Argentina a la Comunidad de Morrison al orfanatorio que allí se atendía. En 1949 es transferido a Requínoa destacándose por su laboriosidad y simpatía. Tres meses antes de su muerte es destinado a Buenos Aires donde el 25 de octubre de 1969 fallece de un infarto cardiaco luego de una difícil operación.
  • Rino Pissi. Sacerdote josefino nacido en Italia el 17 de septiembre de 1919. Actualmente se encuentra en la Comunidad de Montecchio Maggiore, Italia.
  • Bruno Paroletti. (1921-1982). Sacerdote josefino ordenado en Viterbo en 1950, siendo destinado a la Provincia argentino-chilena donde se desempeñó en varias comunidades. Desde  Mendoza se dirigió a Italia a visitar a sus parientes y allí se enfermó gravemente falleciendo luego de dos años en la ciudad de Mirano. Se destacó por no querer acceder a cargos de autoridad y ser un celoso religioso muy dedicado a confesar y asistir a los enfermos.
  • Bruno de Santis. Josefino nacido en Italia el 16 de octubre de 1924, y ordenado sacerdote el 10 de marzo de 1951. Fue destinado a nuestra Provincia religiosa, siendo Superior en Requínoa y Santiago, luego ocupó el cargo de Superior Provincial. Pasó a la Viceprovincia de USA-México, donde fue provincial. Actualmente reside en la comunidad de San Pedro, California.
  • Italo Sarolo. Sacerdote josefino  nacido el 18 de diciembre de 1923 y ordenado en Viterbo el 04 de marzo de 1950. En la Provincia Argentino-chilena desempeñó varios cargos como Superior y rector en Santiago, lo mismo que en Requínoa, donde también fue Párroco, dedicándose a la construcción del actual templo. Fue Provincial de Argentina- Chile y luego Ecónomo General de la Congregación. Por algunos años volvió a su querida Requínoa, encontrándose actualmente en la comunidad de Thiene en Italia.
  • Pedro Pasquarelli. Nacido en Foggia el 7 de enero de 1916 y ordenado sacerdote el 3 de junio de 1944 en Roma. Luego de trabajar en Italia, estuvo desde 1948 a 1963 en Chile, en las comunidades de Santiago y Requínoa. Luego volvió a Italia permaneciendo largos años en el Santuario de San José Vesuviano. Se distinguió por su gran disponibilidad, su incansable vida de oración y el soportar el sufrimiento como parte de su sacerdocio. Falleció el 11 de julio de 1990.
  • Eugenio Molón. Sacerdote italiano nacido en Vicenza el 1 de diciembre de 1926 y ordenado sacerdote el 17 de marzo de 1956. Se desempeñó en varias comunidades de la Provincia Argentino-chilena desde 1956 siendo maestro, formador de seminaristas, secretario, bibliotecario, educador de jóvenes en los patios de los colegios, confesor, asistente scouts y de enfermos. Fallece en La Reina el 5 de diciembre de 2008.
  • Silvio Fracasso. Sacerdote italiano nacido el 25 de noviembre de 1923 y ordenado el 10 de marzo de 1951. Se ha desempeñado en varias comunidades de la Provincia Argentino-chilena residiendo actualmente en el Instituto Murialdo de Mendoza.
  • Domenico Annunziata. Sacerdote italiano nacido en Nápoles el 7 de febrero de 1920. Aún como seminarista llega a Buenos Aires siendo ordenado el 20 de septiembre de 1947. Trabajó primeramente en Mendoza y en otras comunidades de Argentina, donde a los 57 años fallece. Se distinguió por su ejemplar humildad, su serenidad y la fidelidad a su sacerdocio y a la Congregación.
  • Fabio Faggin. Sacerdote italiano nacido el 9 de enero de 1928, ordenado el 15 de agosto de 1955. Actualmente reside en la comunidad de Cesena en Forlí, Italia.
  • Pier Luigi Mason. Josefino italiano nacido en Vicenza el 24 de noviembre de 1931. Ordenado el 29 de junio de 1957. Dejó la Congregación en 1975,  luego de desempeñarse por largos años en la comunidad de Requínoa y Santiago.
  • Hernán Troncoso. Funcionario gubernamental, quien desde su puesto se transformó en un gran bienhechor de las obras de la Congregación en Chile, especialmente de la Comunidad de Requínoa. Nació el 12 de octubre de 1910, casado con Amelia Ovalle, tuvieron tres hijos. Falleció el 21 de febrero de 1987.
  • Antonio Nardón. Sacerdote italiano nacido el 3 de diciembre de 1913. Ordenado en 1941. En 1947 llega a Argentina, siendo profesor, párroco y rector hasta 1965 en que pasa a Chile. En 1967 fue nombrado Superior Provincial en Ecuador. Desde 1970 a 1980 volvió a Chile y luego retorna a Italia, donde fallece el 14 de agosto de 1983 en su natal Montecchio Maggiore, dejando el recuerdo de un josefino que, con su simpatía conquistaba para el Señor a sus feligreses.

(*)   Traducción y notas por Marco Soto Orellana, Santiago 2009.-

 

 

 

 

 

Familia de Murialdo
Caupolicán 109, Requínoa, Sexta Región de O´Higgins
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